domingo, junio 03, 2007

Conciencia de Muerte

Sólo del Hades no habrá

de hallar escape,

por más que haya ideado

escapatorias

a males sin remedio.

-Sófocles-

¿Es la muerte la que nos hace humanos? ¿Es como humanos que no podemos dejar de pensar en la muerte? O ¿Es que saber de la muerte, ser concientes de morir nos hace humanos? Pasamos la vida dudando de ella, pro-yectando el trazo que más nos conviene, pero es la muerte la que nos aflige el corazón, la mente y el sueño. Ella es el límite que arremete y genera el deseo de la inmortalidad, trascender entre los años, no ser el lugar desconocido, no es pensable el pasar sin dejar rastro: ser olvidado y esto es lo que nos angustia. Sólo por momentos nos vemos de frente ante la posibilidad de estar muertos y entonces nos inunda la cabeza: la muerte es presencia constante, y por paradójico que parezca es el relato de la vida.

En cada cultura encontramos una idea sobre la muerte, las diferentes imágenes sobre ella convergen en un solo punto: todos moriremos irremediablemente, llegará el día que el cuerpo regresé a la tierra y el alma seguirá su camino según en la teoría que creamos más conveniente para nosotros.

La muerte siempre está. Y es por ello que se escribe, se pinta, se habla, se prepara, se discute, se celebra, se llora por la muerte. La humanidad esta sujeta a ella, es el momento menos esperado, desconocido por lo que después llega a ocurrir y el más nombrado en la vida. Las cosmogonías sobre la muerte son múltiples, cada una se gesta en su idea teológica, filosófica, artística, y es por ello que en cada libro sagrado se deja un esbozo de está idea. Es en sus renglones donde leemos su poder abrumador frente a los hombres.

Y entonces la muerte llega a nosotros desde la infancia con los primeros cuentos, son en ellos donde escuchar de la muerte parece juego de niños. Nos preparan a escuchar sobre ella y por momentos pareciera que entendemos qué es. Es la literatura la que nos permite hablar de ella con alegría festejando lo siniestro o se llora el lamento presentado como tragedia, dicotomía presente: como juego se festeja y como realidad se duele.

Los muertos siempre están sobre nosotros, son ellos los que dictan muchas de nuestras reglas, es por ellos que se anda con la cabeza baja.

Es la literatura una de las fuentes más exquisitas para hablar de la muerte, su origen son los mitos conformadores de sembrar la idea de los primeros hombres sobre la muerte, le dan rostro para ser llevado a todos sus diferentes géneros literarios. Y es en su juego que surge nuestra idea de muerte, nos pone contra nosotros, nos narra muy posiblemente la forma en que moriremos, se dificulta creerlo pero la historia narrada por cada texto está ahí, para ser admirada y discutida: la muerte de todos. La literatura nos pone una infinidad de ejemplos: muertos y fantasmas, cómicos y trágicos, desesperados y burlones, sabios, olvidados, por un momento creemos no temerle a la muerte, pues ella retratada en la literatura nos permite no fijarnos esas ideas. Sin embargo cimbran nuestra seguridad de respirar cada día.

Los mitos griegos se reflejan en la epopeya, dan forma y constitución a la historia de Grecia antigua. Y es en una sociedad como ésta que nace la tragedia, un rito urbano que canta a la muerte, fundamental para esta entidad que Aristóteles dedica un estudio a su estructura en su Poética. La tragedia es el reflejo de la desgracia la que corona su fuerza, la capacidad de hacer sobresaltar al espectador entre la piedad y el horror, coronándose con el suceso de la muerte, fundamento de la tragedia, origen de la conciencia: la finitud.

Es siguiendo la lectura de Kurt Hübner donde se lee: “el mito ctónico es el que domina ampliamente a la tragedia. Es el mito de la tierra, la tierra madre universal, Gea. Su “temis”, su ley, es principalmente la del nacimiento y la muerte. Por un lado ella es un poder original que todo lo crea a partir de su seno: toda vida brota de ella, es la fertilidad; también es aquel poder al que todo retronar, haciendo nacido en su oscuro regazo”.[1] Y en el centro de la tragedia encontramos al dios Dioniso, es de su historia que surge la fiesta.

Dioniso dios del vino, la embriaguez, es al mismo tiempo dios de los muertos. Varios son los mitos que sostienen esta idea: el despedazamiento de los titanes arrogando sus partes por el mundo y renace por Sémele; Perséfone diosa del mundo subterráneo es madre de Dioniso[2]. Por ello las servidoras que lo acompañan son el sexo femenino, por ello afirma Hübner: “También esto muestra solamente que el dios de la muerte es también dios de la vida”[3]. Es la tragedia un canto al rito funerario, donde al convertirse en espacio dramático, cubierto de palabras, acciones y canto, sus espectadores sufren la muerte de los personajes, de los héroes y es en lo heroico donde la surge un nuevo equilibrio.

Es por su origen que la muerte es parte de la vida y viceversa, su fuerza es entrar en ella y dejarla atrás, festejar con grandes bacanales su retorno devorando los jóvenes cabritos. Es lo oscuro, lo siniestro, lo femenino lo que resguarda su sentido más profundo. La tierra lo llama a sus entrañas y de ellas retorna a la vida simbolizado por el vino.

Entonces la tragedia apela a su origen primigenio: la muerte de Dioniso y al mismo tiempo su retorno a la vida. Son las Antesterias[4] nombre de la fiesta que se le dedicaba, mitica “boda sagrada” donde el sacrificio de las bacantes se suma a una fiesta por completo femenina, es una fiesta de danza y coro en su honor, según Kurt Hübner narra en su libro, sus acompañantes disfrazados de animales se transformaban en seres divinos, la bendición de la vida es para todos.

Pero es la muerte la que nosotros miramos, la que de verdad tememos, por ello como dice Hübner: “La casa en la que descansa un muerto pasaba por impura para los vivos, de ahí que desgarran sus vestiduras y esparcieran ceniza sobre sus cabezas.”[5] Nos explica Hübner la importancia de las libaciones en las fiestas de las “tragedias”, es después de verter algo sobre el suelo, que se libera el ambiente y entonces la alegría de la vida vuelve.

Por ello hablar de tragedia es decir la muerte, es pensarla como propia, en esa sutil distancia le seguimos sus pasos donde narra lo terrible del hombre, la suplica de la piedad y el sentimiento de terror que se nombra. Es la catarsis la que dibuja una extraña liberación de purificar el alma con el horror de ver morir el cuerpo.

La tragedia es un eje fundamental dentro de los géneros literarios e irremediablemente en la historia del hombre, nos permiten tomar del arte una conciencia sobre la muerte, su tributo es mezclar la belleza con lo terrible y en su lenguaje explicarnos la finitud.

Así encontramos una de las tragedias más importantes un argumento del rito funerario, limpiar el ambiente, dejar en paz a los muertos y darle al reino del subterráneo su poder nombrado desde los dioses del Olimpo.

Es Antígona, hija de Edipo, una portadora de la voz de los muertos, del mundo subterráneo, con ella la muerte siempre ha estado y en éste drama, lo principal es hablar de ellos, defenderlos como el primer hecho que nos hace ser humanos, separarnos de los animales, lo que corresponde para ser comprendido como “individuo” y el derecho de ser recordado: una tumba, el derecho del alma a un descanso eterno: retornar al origen del barro, ya que: “Hades desea esas leyes”[6] (v. 519)

Antígona comienza con los lamentos de la muerte de sus hermanos, ya antes ha vivido el suicidio de la madre y la perdida del padre, pero en realidad no es la queja de la perdida esta vez la que hiere, es el derecho a una tumba lo que la inquieta, único derecho que pesa sobre todos, aún a los traidores, ya que desde tiempos remotos surge como marca de lo humano: enterrar cadáveres.

Después de la batalla entre Eteocles y Polinices, sólo se ha dado sepultura al primero, defensor de Tebas y el traidor, ha quedado al descubierto convirtiéndose en la comida para los perros y los buitres por orden de Creonte; y aquel que intente enterrarlo será encerrado en una cueva vivo, esperando la muerte por la asfixia con la cara a la ciudad, según el edicto que ha mandado leer a los ciudadanos. Antígona, hermana de ambos, debe enterrar a Polinices, darle sepultura, nunca dice que deba rendirle honores, sólo enterrarlo, cubrirlo de tierra para que descanse, porque es la ley del mundo subterráneo, la ley más antigua y la honra a los muertos es una tumba. No sólo los muertos reclaman el cuerpo, es además una forma de mantener limpia la ciudad de más maldiciones sobre todo las provenientes de la casa de Layo.

Así la muerte ha sido la purificación de la culpa de Yocasta, del error de Edipo, de la condena de asesinar la sangre: Polinices y Eteocles. La tumba será el recuerdo de tal desgracia, poner nombre y memoria a la maldición que ha sido superada, más no borrada, por ello debe ser parte de la memoria, cantar la historia para no repetirla. Los muertos serán quienes recuerden esta historia y den el perdón para la sangre que fue injustamente derramada. Pero es entonces que la muerte ronda en la cabeza de Creonte, por increíble que parezca a él le preocupa enterrar a los muertos. Es la conciencia de Creonte la que se para en verdad en el problema de dejar a un traidor sin sepultura, en el fondo de su ambición le preocupa el reclamo del mundo subterráneo, la solución del tirano es errada y es por ello que al final el debe pagar la cuota más cara.

¿Cómo es que nace el edicto de no enterrar a Polinices y de atreverse a mandar el castigo de ser enterrado vivo en pago de enterrar a un muerto? ¿Dónde se gesta el sentimiento de purificar el ambiente en el deseo de orgullo de Creonte? ¿Por qué el valeroso y autoritario Creonte, necesita matar un vivo por ejecutar la ley del subterráneo, limpiar la ciudad y al mismo tiempo mantener el cuerpo de Polinices como comida para los perros y las aves de rapiña?

Es casi obligatorio pensar en la acción de Antígona, es ella la que toma la decisión de ser una “muerta-viva” al escuchar el edito, su acción está basado en su ideal ético, es el personaje principal, la heroína. Su locura de hermana al ir a enterrar a Policinices es estar abiertamente contra el edicto de Creonte y aceptar la responsabilidad del castigo, ahora que la muerte es más evidente, ¿por qué gestar un edicto donde enterrar con la cara a la ciudad sea tan importante? Pareciera que su demencia tiene un centro de razón, alguien debe purificar lo que no tiene derecho a ser ocultado: la traición, trata de eludir ese odio de los muertos hacia la ciudad y su persona, haciendo pagar con la vida al que se atreva ser sepulturero. En el fondo lo que ocurre es la venganza contra los hijos de Edipo, contra todo rastro de su estirpe. Creonte reclama el poder de la forma más burda: dejando un muerto sin sepultura, condenando a la ciudad eterna al desprecio de los dioses del Olimpo, y bajo esta idea los dioses se retiran de Tebas.

Ciertamente nunca más Antígona tendrá hermano nacido de sus padres, pues estos ya son parte del cortejo fúnebre que espera a cada uno de sus hijos. Es ella e Ismena las que deben cumplir con el amor de hermanas, el lazo familiar el cubrir de tierra a su hermano. La acción de Antígona se centra en ese amor que predica y cumple el deber de los muertos. No había otra salida, pues en su acción se cumplen dos leyes: la del corazón hablando del amor mismo que ella pregona y la de los muertos, rito que nos hace humanos siguiendo los deseos de Hades. Pero su acción de enterrar a los muertos es una decisión personal, ella pudo seguir las palabras del edicto, dejar sin enterrar a Polinices y entonces Creonte mismo pagaría con creces la maldición que el llama; entonces la tragedia lo haría culpable, y ante el no hacer nada de ella sería obviamente la traidora en el trono. Es también la que abre la posibilidad de los héroes por tomar su elección en las manos, no está en su destino morir, ella acepta la muerte por honrar la ley más antigua en la tierra.

Por ello planto mis ojos en el personaje que debemos examinar a cuanto la conciencia de los muertos: Creonte, pues a lo largo de la tragedia su preocupación por los muertos aparece sugerida, entre telones, pero férreo a la catarsis de su pueblo, realmente le preocupa la situación; es su propio orgullo una traición a la ley más antigua. Su primer postura ante la muerte de los hermanos de Antígona es tomar el poder que por derecho consanguíneo le pertenece. La muerte le beneficia, por ello apunta con el poder que en sus manos desciende cumplir la ley, escuchar el canto de las plañideras por Eteocles y dejar tendido en el campo ante la traición a Polinices; pero no le complace del todo la situación, de eso nace su edicto.

En primer lugar Creonte manda llamar a los ancianos de su pueblo para pedir la custodia de la ciudad. Ser reconocido el heredero del poder, en su discurso apela a la visión de Zeus, como el dios que lo apoya en su destino.

Es en realidad Antígona la que se sacrifica no sólo en su discurso de apelar al destino del corazón impuesto a su ser de hermana, es ella el rito catártico que Creonte busca para limpiar la ciudad. Es ella no sólo la que purificara a la casa de Layo sino la ciudad completa de Tebas. Si la guerra no fue suficiente, si aún los dioses exigen un pago ante la ineptitud de los hombres es la sangre de una virgen de la casa de Layo.

Creonte está seguro de matar, de enterrar a un vivo como pago equidistante de dejar un muerto sin sepultura, como si la base del intercambio se pagara el tributo al subterráneo. Sin embargo en todo este entramado le pasan la factura, su suerte le regala dos muertos Hemón y Eurídice. Es tal vez la pena máxima, quedar solo, en su poder la soledad completa.

Aún la advertencia del Coro parece lejana: “Hay muchas cosas tremendas, y ninguna más tremenda que el humano (...) sólo de Hades no habrá de hallar escape”[7] (v332, 363), la sentencia magnifica la situación, la catástrofe de la lucha inútil, la lucha perdida desde el principio de los tiempos, la finitud es destino del hombre.

Y es la situación de Creonte que se examina ahora, es su conciencia sobre la muerte la que parece que cojea y por momentos regresa. El edicto da el equilibrio para los mundos de los vivos y los muertos, en ojos poco sinceros por supuesto, ya que es el ciego Tiresias que da por claro que si hay un mayor loco o necio es Creonte. El mismo Hemón nombra la locura de su padre, le reclama la necedad por enterrar a Antígona, por su obsesión de poder y su falta para los muertos, pero él pronuncia: “la voy encerrar viva en un hueco hecho en la piedra, con algo de comida sólo a fines de expiación para que toda la ciudad quede sin mancha” [8] (v 774-775); es el momento en que esa conciencia de la muerte, esa purificación de la ciudad misma la hace presente, limpiarse él y toda la ciudad de la culpa, quedar libre de la culpa que el mismo pone en su camino. Como por instinto moral sugiere aplacar a los muertos con un “encerrar a un vivo como muerto”, más no es suficiente, ni el mismo Creonte lo cree; intenta creerse, se miente con la idea de que los muertos son cadáveres simples que se pudren y no gimen.

No es hasta que Tiresias habla y al ser boca del vidente que entiende la circunstancia de enterrar a Polinice mismo y perdonar a Antígona: “Y aquí en cambio retines a un cadáver, que es de los dioses de abajo, privado de su suerte, de honras fúnebres, de purificación. Sobre ellos tú no tienes derecho, ni tampoco los dioses de arriba, a los que tú haces violencia en este asunto. Por eso a ti las destructoras Erinias de los dioses y de Hades, las que a la larga infringen los castigos, te acechan para atraparte en esos mismos males.”[9] (v. 1070-1075) Es cuando las palabras de los muertos cobran un eco, una voz distinta, no es amor, no es llanto, es su demanda volver a la tierra. La conciencia ante la muerte queda abierta a los ojos del tirano, su poder de exigir un cuerpo insepulto es capricho de un humano, pequeño e insignificante comparado a lo que los muertos demandan.

La demanda de los muertos no se rige en ideas, es su simple existencia la que debe ser cubierta, es evitar que lo pútrido se quede en el ambiente, es el deseo de cualquier vivo regresar a la madre, a su oscuro vientre, la tierra. Son los muertos los que dictan las formas más sutiles de la mente humana, es desde la muerte que los viejos imperios marcan el rumbo de los nuevos ideales. Sobre Creonte pesa Layo, Edipo y la misma Yocasta. Es desde sus palabras en Edipo Rey que se traiciona en sus actos en la obra de Antígona; su reclamo en aquel entonces a Edipo, es el que ahora le presentan de forma conjunta el Coro, Corifeo, Hemón, Tiresias y Antígona.

Tiresias es el personaje que nombra muerte la hace presente en la acción de Creonte, es la forma de despertar la conciencia de la propia muerte. Es él lejos de ser partidario de alguno de los personajes que dicta la ley del subterráneo con la claridad del “vidente” que es. No niega los desvíos ni los obstinados actos de ambos, su palabra sobre pasa las mismas ideas promulgadas por ambos y enuncia el derecho que todo ser humano tiene por la simple cualidad de ser: una tumba, memoria de un alma, respeto a un cuerpo, respeto a la vida misma, purificar el campo donde andan los vivos, liberar la ciudad de tal desdicha. Creonte no condena a Polinices de dejarlo sin sepultura, es su orgullo el que condena a la ciudad a un mayor número de males.

Y es la pregunta que queda en el aire, ¿por qué cuando entra el arrepentimiento a Creonte lo primero que hace es ir a enterrar al muerto? ¿Por qué no va a rescatar de la muerte a Antígona? ¿Por qué la fortuna le paga con dos muertos más? Es lo que afirma Hübner con respecto a la tragedia, la posición de los que defienden el acto de Antígona: “Sófocles no deja en realidad ninguna duda de que Creonte es un transgresor. Esto lo revela no solamente el vidente Tiresias, sino que también lo muestra el desarrollo de los terribles acontecimientos.”[10] Son las no-acciones de Creonte que desatan toda la tragedia, la envuelven con olores pestilentes, que en el momento de limpiar escarmientan con todo su poder a la figura que por necedad trato de olvidarse de los muertos. Es precisamente por lo que dice Lacan: “Pero hete aquí que comienza por el cadáver no sin razones- quiere estar primero en paz con su conciencia como suele decirse.”[11]

La conciencia de Creonte levanta una idea: su muerte y es esto lo que obliga ha cambiar sus acciones en el último momento. Es tratar de arreglar su propia vida, arreglar su “error” y evitar la desgracia de cualquier forma.

Los ojos de Creonte no miran la muerte de Polinices su sobrino, es un instante en que todo su peso se desdobla, su conciencia de la muerte, la de los suyos, y sobre todo su muerte es la que teme. Comprende las palabras del “vidente ciego” y en su ahora “visión viva” acepta su error: “Si esta permitido decirlo, no es ésta una desgracia que le sea ajena, sino autos hamartôn, su propio error. Habiéndose metido él mismo allí dentro, hizo una tontería.”[12] Y al tratar de arreglarlo comienza por enterrar el cuerpo insepulto, no corre en rescate de “lo vivo”, decide ir a rendir honores a la muerte.

Su tardanza sólo da pie a su propia tragedia, los muertos llaman a los vivos a su camino, todo llega con la invitación de la necedad del tirano, pierde todo, se pierde a sí mismo, incluso la vida que le queda está muerta: “Que venga, sí, que venga, que se aparezca la más bella suerte para mí, la que me lleva al día final, la suprema; que venga, sí que venga, para que ya no vea otro día más.”[13] (v. 1328-1333) Llama a su muerte entre los muertos, sin vida se siente roto y perdido, ante sus palabras necias le resulta la muerte la bella suerte.

El destino de Antígona resulta ser glorioso para lo que ahora Creonte debe enfrentar, el cadáver de su hijo y de su esposa. Solo se rinde, ni el poder de Tebas lo calma. Al final de la tragedia es sólo el lamento lo cubre todo. Todos han perdido ante retar la ley de los muertos.

Ismena queda fuera de la familia desde que Antígona la desconoce, no se vuelve a decir nada, su actitud la mata, al final es un fantasma que alguna vez se nombro en la escena. Hemón se da muerte así mismo ante los pies colgantes de su prometida. Eurídice se mata ante la noticia de la muerte de su hijo. Y entonces Creonte cree que debe morir y la suerte estará de su lado. Los muertos le pesan, la perdida lo perturba, su arrepentimiento llega tarde, no hay tregua, Hades se impone con la ley que pesa ante cualquiera, no se limita ante el poder de Zeus protector del rey de Tebas, no tiene misericordia.

La muerte es el castigo de los vivos, en especial de los que sobreviven, el recuerdo de pensar la perdida propia con sólo estar de pie frente a la tumba. Solamente remembranzas del individuo que se ha ido y el dolor se gesta el que mira la partida. El límite es sutil, su presencia omnisciente es el espejo que refleja la propia, disparador del dolor más intenso: la propia muerte.

Y todo se gesta por un error tal vez nacido del poder o del orgullo, Creonte es su propia victima y como en toda tragedia, su ceguera lo lleva al infeliz final de su vida.

Lacan reflexiona sobre el brillo de Antígona, su acto éticamente sobresaliente, aún superando el límite impuesto, es la heroína por su acción, sin guía de oráculo alguno o los dioses, es el deber lo que la impulsa; pero le queda el sabor agridulce de la victima sin verdugo que pasa al mayor sufrimiento de la obra: “Al final de Antígona, Creonte habla entonces lisa y llanamente de sí mismo como de un muerto entre los vivos, en la medida en que perdió todos sus bienes en ese asunto. A través del acto trágico el héroe libera a su adversario mismo.”[14] Tras la superación del orgullo, Creonte recobra la conciencia mas no solamente de la muerte, sino es tras las muerte que recobra el sentido de la vida, justo al final, cuando la desgracia le ha arrancado todo cuanto él había olvidado en su querella contra los muertos, perdiendo su propio carácter temerario como rey de Tebas.

A lo largo de la tragedia incontables veces se nombra al Hades, se nombra la muerte frente a Creonte. Innegablemente los muertos mandan edictos hablando de su poder, persuadir al tirano de no seguir adelante, pensar en la profundidad de los ritos más allá de una vaga idea de los muertos. Se trata de llorar la muerte, contemplarse muerto y asumir que el recuerdo es el consuelo primigenio que le queda a los vivos al ser enterrado en un lugar con nombre.

La memoria retrata la trascendencia en cada tumba.

Al final de la tragedia las palabras de Creonte son devastadoras: “todo lo que había en mis manos se perdió, y sobre mi cabeza se ha abatido un destino insoportable” [15](v. 1344-1346) y el Coro responde: “Lo primero para la felicidad es usar la razón; y no hay que ser impío en lo que hace a los dioses; pues la grandilocuencia de los soberbios, a costa de grandes golpes, en la vejez enseña a razonar”[16] (v 1347-1353). La vida conciente de su existencia no busca venganza a la muerte, vivir tranquilo es lo que espera Creonte al ser derrotado en su propio juicio.

Y es por la muerte que la conciencia de la vida surge, respetar cada instante se torna determinante en cada punto. El respeto a la muerte y el derecho a la tumba, son los símbolos que narran la comprensión de los humanos, su única forma de trascender en lo humano. Las palabras de los muertos son las que nos forman día a día, son sus pertenencias las que nos guían a ellos, pero en el sitio donde descansan es plataforma mandataria para los vivos que los escuchan.



[1] Kurt Hübner, La verdad del mito, México, Siglo XXI editores, 1996, p. 210.

[2] Revisar Op. Cit., p. 212.

[3] Ibíd., p. 212.

[4] Ibíd., p. 191.

[5] Ibíd., p. 211.

[6] Sófocles, Antígona, Argentina, Losada, 2003, p. 83.

[7] Op. Cit., p. 69.

[8] Ibid., p. 109.

[9] Ibid., p. 134-135.

[10] Kurt Hübner, Op. cit., p. 206.

[11] Jacques Lacan, El seminario de Jaques Lacan, Libro 7, La ética del psicoanálisis 959-1960, Argentina, Ediciones Paidós, p. 318.

[12] Op. cit., p. 332.

[13] Sófocles, Op. cit., p. 156.

[14] Jacques Lacan, Op. Cit., p. 380.

[15] Sófocles, Op. Cit., p. 157.

[16] Sófocles, Ibid., p. 157.

1 comentarios:

Una de las Moiras...¿O Gorgona? dijo...

Un largo camino aquí Leticia. La muerte está, así es. Puede confrontarnos y puede hilar entorno a nosotros: a nosotros mismos. O solo somos nosotros hilándola como se hila una ficción. Wittgenstein afirmaba que la muerte no es un evento de la vida y que no vivimos para experimentar la muerte; lo cual resulta -hasta cierto punto- un alivio. Sin embargo muchos afirman que el hombre no puede subsistir sin Palabra, Mito y Rito: es decir sin tragedia o pulsión, y la muerte es ambas.
Se tiene conciencia, es cierto, pero hasta donde resulta -esto- solo un acto de fe?

A estas alturas no llego a la creencia de la Muerte, pero el Hades, ese creo firmemente que existe.

Un abrazo