martes, diciembre 11, 2007

Lenguajes

A veces creemos que el tiempo y el espacio son cuestiones separadas, momentos inconexos que simplemente nos marcan dos rumbos distintos. Pero no es verdad, el poder de quedar fusionados es un síntoma de cultura avanzada, es un tipo de humanidad que comprende que su vida es acaso un simple átomo que se conecta con absolutamente todo. Es ser respetuoso de lo que se mira y se mira con la intención plena de observar la piel por la que recorre el viento.

Eugenio Trías es uno de los filósofos que cree firmemente que la música y la arquitectura son las verdaderas artes madres de nosotros los hombres, es a partir de ella que se funda el ser humano, el ser cívico, el ser religioso, el ser que se da cuenta de su cuerpo y los años que le pesan.

Pero pensar que la música y la arquitectura se mezclan puede ser complicado. Debe ser una opera con tonos fuertemente marcados. Un edificio que en sus líneas cante el ritmo de la ciudad que nace: pirámides, rascacielos, iglúes o carpas; cada edificio canta la vida de una ciudad que se descifra en sus instantes. Cada tiempo le pone ritmo: adobe, hierro, piedra: rosa, verde, amarilla; lodo, concreto.

Las ciudades se marcan de años a medida que el tiempo construye en ella un nuevo edificio que la marca, los que la época pide, los que la rompen, los que la establecen, los que la ponen en el foco de la lupa de millones de humanos: la maravilla de su tempo que la construcción le canta el mundo entero.

Eugenio Trías tiene toda la razón cuando dice que la música es la que nos enseña el tiempo y la arquitectura el espacio; y ambas son la sonata que nos hace entender como se hace la historia. El sueño de los humanos que se construye en cada edificio como la nota de las ciudades, de las diferencias con las que vemos la vida.

Querer acariciar el cielo o dormir en las entrañas de la tierra; escuchar una balada, una sonata o una cumbia, tal vez tango, merengue o ballenato. La música se impregna también en los edificios. Entrar a Bellas Artes es el recuerdo de una opera, concierto de cámara. Andar en Palacio Nacional es marcar el ritmo de una banda de guerra que recuerda a solemnidad del edificio.

Indudablemente la música no tiene límite.

Innegablemente la arquitectura no tiene límite.

Y la combinación de ambas nos hablan de los secretos de cada cultura que se expone de la forma más honesta, sin discursos que violenten al otro, es decir, en el respeto de los múltiple se sirve para mostrarse.

Es pensar en las danzas de los mayas en torno de Palenque, imaginar el poderío de sus edificios, su perfección y el sonido de la selva. Viaja en el tiempo la imagen de cada momento en que se sostuvo una nota alta en medio de los habitantes, mientras se piensa en la perfección de sus edificios.

La música descansa en las piedras que le dan intensidad de producirse en cada resquicio de los muros. La arquitectura se plata como el recuerdo más vivo de una cosmovisión. Ellas marcan el ritmo de la vida, los estilos de vida, el proceso del tiempo. Ellas son dueñas de los lenguajes más profundos que sin traducción los cosmopolitas contemplan emocionados.