lunes, enero 07, 2008

Destrucción a dos compases

El espacio y el tiempo son los que determinan el todo, de alguna forma tienen mucho que complicarse su convivencia y lo hacen sin que nadie pueda entender porque lo hacen o el como ocurre. Simplemente se meten el pie, se caen de boca y uno sin poner atención a las personas de ambos conceptos nos arrastran en su disputa.

La humanidad necesita de dos memorias: el espacio y el tiempo.

El espacio lo vemos representado en las ciudades, edificios que marcan una forma específica de mostrarnos su rostro. El tiempo que nos muestra como la memoria histórica nos va jugando macabrabamente y nos hace olvidarnos lo que éramos para vendernos una vaga idea de lo que aspiramos ser, sin entender en ese proceso, que nunca dejaremos ser prisioneros del tiempo de la carne y la muerte. El espacio es el espejismo que nos hace sentirnos superhéroes y no nos permite reconocer lo pequeños, lo efímeros que somos. La trascendencia esta puesta en las piedras que nos recuerdan donde han vivido los grandes artistas, científicos: “Aquí vivió el ilustre poeta…”, “En este lugar descansa…”, “En estas aulas camino…” y un largo etcétera que nos invita a no creer en aquello de los monumentos históricos, bueno nos venden la idea en una falsa represetanción de ser los protectores de las ciudades que a gritos nos protegen de nuestros propios muertos y que por caprichos de “traer más turismo” los dejan fluir y entonces, las ciudades pierden la cara de lo que son.

Muchos no están de acuerdo con que cada espacio tiene su propio fantasma que le hace sentir el tiempo en que la ciudad se mancho de sangre y entonces su ciclo catártico vino del cielo como forma de restauración. Es decir, muchos creen que si todas las plazas de las ciudades del mundo sigue siendo igual de motivación viajar, pero creo que no, en el fondo traer los mismos souvernirs de todos los lugares del mundo es el primer síntoma que esa característica particular del lugar se pierde, se muere en los ojos de todos y que, por obvias razones, todos negamos.

Me dicen que nunca será lo mismo estar en un sitio que en otro, porque la gente es diferente, porque no es lo mismo hablar con alguien de pueblo que de ciudad. Pero la globalización nos roba, nos quita y no sólo económicamente. Ciertamente en el mundo existen un sin fin de formas de mirar que en este tiempo de la información se multiplica la producción de conocimiento. Pero creo que hay algo que se pierde, en la perdida que ya nos acusa como pésimos anticuarios de nuestra historia.

Tal vez los esotéricos digan que gracias a la perdida de memoria es reflejo de que hemos sido liberados del karma, pero es más probable que por culpa de la perdida el hoyo en el que estamos metidos sea tan profundo que nos olvidemos de las sombras que Platón decía tardíamente en el siglo IV a. C. y hoy en día, no distingamos las sombras de la oscuridad. Estamos tan perdidos en la facilidad de la vida que hemos renunciado a pensar en la trascendencia, en la perdida y en el destino de la humanidad.

El tiempo nos trae aceleradamente la muerte del planeta que tanto se hablo en el siglo XX, el espacio nos ha apurado en olvidar lo que es y pensar lo que fue. El hombre sin memoria no les escucha y los juzga, como todo escuincle que no pone atención a los hombres sabios de su tribu. Claro que desde otro ángulo, la mayoría de las culturas han perdido hasta la capacidad de escuchar a los viejos, sabios hombres de la comunidad. Debemos tal vez recargar que hemos perdido hasta el concepto de comunidad, su sentido es más comunidades en línea: preferimos muchos nombres que parecen interesantes y nos hemos olvidado de sentarnos a mirar el rostro de los hombres.

El espacio y el tiempo son dos buenos sabios que esperan tanto como la luna y el sol. Desgraciadamente ellos son peores jueces y sus condenas son mucho más altas de las que podemos pensar. Nos harán pagar la más alta multa en la vida de la humanidad. Nos harán querer recordar ciudades mucho antes de que la modernidad las consumiera en los atractivos sentidos económicos y perdieran el valor de su belleza en las construcciones y monumentos que les dieron nombre, y que por lo mismo, lo perdieron, siendo una belleza más como tantas otras.

Tal vez lo más desgraciado que pudiera pasar es que decir París, México, Washington, Londres, Tokio, Santiago de Chile, Bruselas y otros miles y miles de lugares no tenga ya diferencias, ni de climas enrarecidos por venenos, ni por espectáculos luminosos de edificios que narran la historia, ni los colores azules terribles en cada plaza, ni los tubos modernos que invaden la arquitectura especifica de cada lugar. Seremos cosmopolitas, todo en todos lados con nombres y fechas diferentes, todas hablando de la grandeza, pérdida, independencia, revolución y todos los factores humanos, que bajo la lupa que se construye perderá su sentido de exclusivo y todo cabrá en el sonsonete de un disco rayado. Imagine usted que hasta para hacer metáfora del tiempo y el espacio se necesita tecnología.

1 comentarios:

deivid dijo...

tiempo y espacio más cultura, mmm, recordemos que son conceptos occidentales con los que seguimos occidentalizados, hay otras concepciones del tiempo... digo.

cualquier reclamo diríjase a Mircea Elíade, Lo sagrado y lo profano.


se lee chido, saludrines.