La vida pasa rápido, corre, nos da respuestas de miedo, los caminos son inciertos; si uno es capaz de relajarse y disfrutarlo, entonces la vida con su sal y pimienta se disfruta al doble.
Tengo un año viviendo en DF. He aprendido muchas cosas. He conocido la soledad vista con ojos terribles y al mismo tiempo aprendí que conquistar mi soledad es una ventaja.
Sé que uno puede planear mil cosas y que Dios se ríe de nosotros cada que lo hacemos. Todo cambia. Incluso uno, aún con el miedo de no hacerlo. Lo hacemos, ya Mercedes Sosa lo cantaba: "todo cambia, que yo cambie no es extraño".
Un año en DF que dio resultados: un año de bibliotecología, seis materias aprendidas, dos materias impartidas, saber que los buenos amigos se quedan, que una mentira rompe todo, que la distancia no importa cuando se trata de buenas relaciones sea familia, amigos y demás situaciones, que mis hermanos son definitivamente increíbles (¿qué cara pondrán cuando lean esto?).
Un año en el cual las dudas crecieron, como la canas, como la sabiduría de vida, como los amigos, como las razones para seguir estudiando, como el deseo de seguir.
Un año donde hubo cosas que volaron. También perdí. También lloré. También me miré al espejo preguntando quien era mientras consolaba amigos, mientras enseñaba a mis amigos, mientras apoyaba decisiones arriesgadas de mis amigas. Así la vida.
Un año. Hoy hace un año no imagine que eso de ser filósofa, promotora de lectura y ahora con un poco de bibliotecología me harían una freek de los libros.
La verdad, sólo queda esperar el transcurrir de los días. No hay gran plan: pasar materias, aprender mucho, hacer la tesis y por supuesto, estar dispuesta al asombro, al miedo, a la alegría y seguir viva.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario